domingo, 17 de julio de 2016

HOMBRE DE LINAJE MAYA http://groups.msn.com/GRANFRATERNIDADMAYA

HOMBRE DE LINAJE           ......    ..MAYA

Hombre que lees y en cuyas venas quisas corra la sangre Maya:
Piensa, pondera, indaga la verdad del destino que se urde en el Sagrado Reino del Mayab, mas allá de la cumbre de los montes andinos y quizás también brille su luz en tu corazón.
Piensa en la Luz, siente su Amor y pondera que esa luz tiene un poder que dice de sí misma: YO.
Y ese YO crecerá en ti y su fuego fundirá la legión de demonios que a cada desatino a que te inducen en el sueño que tú llamas vigilia, también dicen de sí mismos: 'yo'.
Son muchos "yo' que te dominan y que chupan tu sangre, la sangre que te llega del Reino del Mayab.
Sé tú el Amo, sé tú un solo, íntegro YO, ese YO al que tanto ama la Sagrada Princesa Sac-Nicté.
Uno de esos 'yo' que tanto te confunden quizás te haga pensar también que el destino es aquello que ocurre en el tiempo que media entre la cuna y el sepulcro.
Y te dirá que el destino que media entre el sepulcro y la cuna es una locura.
Así es con muchos, con los más y así ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo en la vida del barro porque los hombres de barro dormidos siempre están y no les ha sido dado comprender que todo hombre es también la Humanidad, que cuanto él sufre o goza, es también la Humanidad quien sufre o goza, y todo cuanto le aguarda a él también le aguarda a la Humanidad.
Dura palabra de llevar y dura realidad que soportar para el hombre de barro.
El hombre ha olvidado que no hay destino que sea individual del todo, pero aquel que busca y que recibe el beso de la Sagrada Princesa Sac-Nicté y oye la Silenciosa Voz del Gran Señor Escondido en lo Más Alto del Sagrado Reino del Mayab, ya queda individido y deja a un lado la ilusión individual y no busca otro destino que aquel que es el destino del Mayab.
En el hombre de barro sólo hay una ilusión de destino individual, y por eso especula con palabras lindas y con palabras necias que únicamente le hacen verse aislado y separado de cuanto le rodea y de todo cuanto va tejiendo el destino común.
Y este destino es aquel en el que lo de Abajo siempre tiende a reunirse con lo de Arriba y así vive bajo la ley que se llama del Bien y del Mal.
Porque en este destino la serpiente se arrastra en la Tierra y sólo ve hacia adelante y atrás y no tiene el plumaje del Cóndor que le preste alas para emprender el vuelo más allá de la cumbre de los montes andinos.
Más allá de esa ley está el sagrado beso de la Princesa Sac-Nicté que ilumina el destino.
Quien no busca ese beso está muerto.
Y vivir es buscar la verdad del destino, y no huirle.
Quien no busca en sí mismo la verdad del destino no vive porque su sangre no hierve con el ardor del fuego del linaje Maya.
Y en el sopor de esta muerte animada hasta podrá soñar que es libre, que tiene un propio destino y hasta quizás llegue a convencerse que ese mismo sopor en que existe es el cumplimiento de su verdadero destino.
Está bien que así sea, porque eso también es verdad.
Pero los hay que aún afirman que son arquitectos de su propio destino... como si el hombre que vive anhelando el Mayab pudiese hacer algo que no fuese el destino del Reino del Mayab, el destino inmortal.
Ese 'propio' destino es un hondo sopor.
Se publico en
http://groups.msn.com/GRANFRATERNIDADMAYA


viernes, 19 de febrero de 2016

SOLO PARA INICIADOS

Hombre que lees y que te mueve el espíritu Maya:

Piensa, pondera, indaga la verdad del destino que se urde en el Sagrado Reino del Mayab, mas allá de la cumbre de los montes andinos y quizás también brille su luz en tu corazón.
Piensa en la Luz, siente su Amor y pondera que esa luz tiene un poder que dice de sí misma: YO.
Y ese YO crecerá en ti y su fuego fundirá la legión de demonios que a cada desatino a que te inducen en el sueño que tú llamas vigilia, también dicen de sí mismos: 'yo'.
Son muchos "yo' que te dominan y que chupan  tu sangre,
Que te limitan y no te permiten llegar al Reino del Mayab.
Sé tú el Amo, sé tú un solo, íntegro YO, ese YO al que tanto ama la Sagrada Princesa Sac-Nicté.
Uno de esos 'yo' que tanto te confunden quizás te haga pensar también que el destino es aquello que ocurre en el tiempo que media entre la cuna y el sepulcro.
Y te dirá que el destino que media entre el sepulcro y la cuna es una locura sin sentido.
Así es con muchos, con los más y así ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo en la vida del barro porque los hombres de barro dormidos siempre están y no les ha sido dado comprender que todo hombre es también la Humanidad, que cuanto él sufre o goza, es también la Humanidad quien sufre o goza, y todo cuanto le aguarda a él también le aguarda a la Humanidad.
Dura palabra de llevar y dura realidad que soportar para el hombre de barro.
El hombre ha olvidado que no hay destino que sea individual del todo, pero aquel que busca y que recibe el beso de la Sagrada Princesa Sac-Nicté,  y oye la Silenciosa Voz del Gran Señor, Escondido en lo Más profundo de su Ser del Sagrado Reino del Mayab, ya queda individido y deja a un lado la ilusión individual y no busca otro destino que aquel que es el destino del Mayab.
Para el hombre de barro sólo hay una ilusión de destino individual, y por eso especula con palabras necias que únicamente le hacen verse aislado y separado de cuanto le rodea y de todo cuanto va tejiendo su destino personal.
Y este destino es aquel en el que lo de Abajo siempre tiende a desear lo de Arriba y así vive bajo la ley que se llama del Bien y del Mal.
Porque en este destino la serpiente se arrastra en la Tierra y sólo ve hacia adelante y atrás y no tiene el plumaje del Cóndor que le preste alas para emprender el vuelo mas allá de la cumbre de los montes andinos.(limitaciones físicas).
Más allá de esa ley está el sagrado beso de la Princesa Sac-Nicté que ilumina el destino.
Quien no busca ese beso está muerto.
Y vivir es buscar la verdad del destino, y no huirle.
Quien no busca en sí mismo la verdad del destino no vive porque su sangre no hierve con el ardor del fuego del linaje Maya.
Y en el sopor de esta muerte animada hasta podrá soñar que es libre, que tiene un propio destino y hasta quizás llegue a convencerse que ese mismo sopor en que existe es el cumplimiento de su verdadero destino.
Está bien que así sea, porque eso también es verdad.
Pero los hay que aún afirman que son arquitectos de su propio destino. Viven anhelando el Mayab son los que buscan el destino del Reino del Mayab, el destino inmortal.
Se publico en





martes, 12 de enero de 2016

CHILAM BALAM

Presentación Guía de episodios Mundo maya Galería y postales
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Mundo maya
Libros del Chilam Balam
Chilam significa "el que es boca"; es decir, el que profetiza; los chilames eran los sacerdotes que interpretaban los libros antiguos para extraer de ellos profecías, el conocimiento de los hechos futuros. Para los mayas, el arte de profetizar era posible porque creían que el tiempo era una sucesión de ciclos cósmicos y que los acontecimientos, dependiendo de estos ciclos, podían repetirse. Así, a los chilames se les consideraba intérpretes de los mensajes de los dioses.
Balam significa "jaguar" o "brujo", y es, en realidad, un nombre de familia. Se dice que Chilam Balam fue un taumaturgo, un sacerdote del pueblo de Maní que vivió poco antes de la Conquista y que tenía gran reputación como profeta. Cuentan que junto con otros sacerdotes, llamados Napuctun, Al Kauil Chel, Nahau Pech y Natzin Yubun Chan, predijo la llegada de una nueva religión; tras la Conquista, esto se interpretó como un aviso de la llegada de los españoles y del cristianismo.
Generalmente, las profecías se encuentran en los libros sagrados; de ahí derivó el llamarles genéricamente chilam balames. Cada poblado escribió su propio libro, por lo que existen chilam balames de numerosas poblaciones; entre ellas: Maní, Tizimín, Chumayel, Kahua, Ixil, Tekax, Nah y Tusik; el más conocido es el Chilam Balam de Chumayel.
En su libro El A,B,C del arte maya, Fernando Medina Ruiz comenta: "En el periodo clásico la literatura maya (temprana) fue oral, abstracta, antifonal y sumamente simbólica. Es muy poco lo que se conserva de ella, aunque se advierte que era musical, diáfana, emotiva, impetuosa y retraída como el alma maya tocada de fatalismo y eternidad".
Para ilustrar este brillante análisis recurre a un poema profético contenido en el Chilam Balam de Tizimín:
Come, come para que tengas pan;
bebe, bebe para que tengas agua.
Ese día, polvo cubrirá la Tierra;
ese día, una plaga cubrirá la faz de la Tierra;
ese día, una nube se alzará;
ese día, un hombre fuerte se apoderará de la Tierra;
ese día, las casas caerán en ruinas;
ese día, el tierno follaje será destruido;
ese día, habrá tres signos en el árbol;
ese día, tres generaciones penderán de él;
ese día, será izado el estandarte de la batalla
y [los hombres] se dispersarán por el bosque.

El Chilam Balam de Chumayel procede de Chumayel, distrito de Tekax, Yucatán; se supone que el compilador fue un indígena llamado Juan José Hoil, de Yucatán, ya que su nombre aparece en la página 81 del manuscrito, al lado de la fecha 20 de enero de 1782; pero es claro que después participaron otras personas que interpolaron diversos textos. Luego pasó a manos de Justo Balam, quien era, presumiblemente, un sacerdote o su secretario. Él inscribió, en 1832 o 1833, dos registros bautismales en una de las páginas en blanco del libro. A partir de entonces, éste cambió de dueño varias veces hasta que llegó a manos de don Crescencio Carrillo y Ancona, obispo de Yucatán. En 1887, el texto fue fotografiado por Teobert Maler; diez años después, tras la muerte de Carrillo y Ancona, fue adquirido por Ricardo Figueroa. Éste lo cedió en préstamo a George B. Gordon, director del Museo de la Universidad de Pennsylvania, para que hiciera una reproducción fotográfica y una edición facsimilar que a la postre resultarían afortunadas.
Cuando murió Figueroa, en 1915, el manuscrito fue llevado a la Biblioteca Cepeda de Mérida. Cuando el arqueólogo mayista Sylvanus G. Morley intentó verlo, en 1918, el libro había sido robado junto con otros manuscritos. Por fortuna, aún quedaban las copias de Maler y de Gordon. Veinte años después, el libro apareció a la venta en los Estados Unidos con un precio de siete mil dólares; más tarde se lo ofrecieron a Morley en cinco mil dólares.
La primera traducción completa de la obra al español fue una versión de Antonio Mediz Bolio, editada en Costa Rica en 1930; posteriormente, en 1933, se editó la versión en inglés, realizada por Ralph L. Roys y publicada por la Carnegie Institution de Washington. La mayor parte de las ediciones en español derivan de la traducción de Mediz Bolio.
La mayor parte de los textos del Chilam Balam de Chumayel son de índole religiosa; destacan, particularmente, los fragmentos relativos a los mitos cosmogónicos, sin aparente conexión entre ellos, tal vez porque hacen referencia a leyendas de diferentes grupos, como los quichés y los nahuas. Otros son de carácter ritual, calendárico o astronómico; existen también textos históricos acerca de los principales grupos mayas yucatecos y lo que les aconteció tras la Conquista. La obra concluye con las célebres profecías sobre la llegada de una nueva religión realizadas por el Chilam Balam histórico y otros taumaturgos.

Los escritos míticos y proféticos están redactados en un lenguaje de alto contenido simbólico y con múltiples significados, en el cual se emplean metafóricamente objetos, colores y seres naturales para expresar ideas. Es evidente que con esta escritura se pretendía no sólo dar a los textos un carácter esotérico, sino ocultar a los profanos su significado verdadero.
Por el contrario, los fragmentos históricos asientan escuetamente los hechos y la fecha en que acaecieron, tal como debieron registrarse en los códices de la antigüedad. Destacan, particularmente, las narraciones de la Conquista, sembradas de lamentos, indignación y desprecio por la rapacidad de los españoles. Los mayas de entonces quisieron que estos acontecimientos no fueran olvidados por sus descendientes. Gracias a ello nos legaron, en el Chilam Balam de Chumayel, un libro de misteriosa belleza que permanecerá vivo mientras sus páginas se abran ante nuestros ojos y los de las generaciones venideras.
Gran parte de los chilam balames restantes deben permanecer aún en manos de las comunidades indígenas que han resguardado sus tradiciones a pesar de los embates de la modernidad. Los chilames balames fueron escritos en papel europeo, en forma de cuadernos. En general, su contenido es una recopilación de textos diversos redactados en diferentes épocas a partir del siglo XVI; los hay míticos, históricos -principalmente acerca de la trayectoria de los xiúes y los itzaes- proféticos, rituales, médicos, astronómicos y cronológicos, literarios, y algunos más no clasificados.
Lee más:
Popol Vuh
Memorial de Sololá o Anales de los cakchiqueles
Libros del Chilam Balam
Códices
Cosmovisión
Escritura

Conforme se deterioraban, los chilam balames eran copiados, lo que provocó numerosos errores de transcripción. También se les integraron nuevos textos, según el criterio de los depositarios; por lo tanto, las versiones que conocemos no son las originales, sino copias realizadas a finales del siglo XVII y a lo largo del siglo XVIII.




   

sábado, 19 de diciembre de 2015

FUEGO NUEVO

LEYENDA DEL FUEGO NUEVO


Yax Kin, Sol Nuevo
Los mayas asociaban la celebración del Nuevo Sol con el
acto de encender el fuego, algo que había venido sucediendo casi
simultáneamente desde los tiempos más remotos, simbolizando
el triunfo de la llama de la vida sobre el soplo helado de la muer-
te. La ceremonia era de un extremado dramatismo, a pesar de que
incluyera danzas, procesiones al son de la música y el rumor del
viento enredado en los ramajes.
Para adentrarse en el fondo de este rito anual de los antiguos
mayas es preciso remontarse muchos siglos atrás. Cuenta la
leyenda que al detenerse las aguas que habían inundado la tierra,
luego de un diluvio, los supervivientes se sintieron ateridos y
hambrientos, por eso se reunieron en la cima de las altas mon-
tañas, que no habían sido cubiertas por la masa líquida. Muchos
de ellos morirían aún por efecto del intenso frío y de la falta de
alimentos calientes. La tierra que emergía de su larga inmersión
se cubría con un denso manto de neblina.
En esta etapa crucial de la vida humana y de la existencia del
Mundo, no había cerillas ni encendedores para producir el fuego.
Éste se obtenía por medio de la técnica primitiva de frotar tron-
cos secos. Pero en la época del diluvio no había madera seca. El
prolongado temporal lo mantenía todo húmedo. Las brasas se                                        
habían consumido en los fogones de las cocinas




 y el sol permanecía escondido tras las nubes.    Era tiempo de angustia y llantos. Los escasos supervivientes se
preguntaban  afligidos:
—¿Es que ya no veremos más la luz del sol?

Y lloraban amargamente creyendo que el cataclismo había
apagado para siempre el vivo resplandor del sol, y que sus rayos no volverían a calentar sus cuerpos, ni a iluminar el Mundo, ni a provocar la germinación de las plantas. Por eso, cuando al fin brilló de nuevo el Sol devolviendo la luz y la  vida a una tierra sumida en el caos, los sobrevivientes lo atribuyeron al hecho de que Dios había escuchado sus ruegos y que la nueva luz traía una carga de esperanza. Diezmados ,famélicos y calados hasta los
huesos, se hincaron de rodillas elevando salmos de gratitud, que subieron desde el fondo de sus corazones atormentados Desde entonces, y a través de las edades, el recuerdo de aquel día cuando el Sol volvió a asomar su rostro , se grabó con signos indelebles en el corazón de los mayas y fue conmemorado con 
suntuosas ceremonia.  


                                           
En un lugar de la sierra hacia el Oriente, de donde primero se habían retirado las aguas, unos hombres alocados por el prolongado sufrimiento, se pusieron a frotar frenéticamente unos troncos de madera que el nuevo Sol había secado a medias; y tras duros esfuerzos. lograron -producir las primeras chispas, que sopladas con fuerza .sobre las podridas maderas se irguieron al fin en ardientes llamaradas, que elevaron al cielo su rojizo
esplendor, ¡Se había producido el milagro' ¡El fuego nacía de nuevo avivado  por los rayos del Sol
    En la cima de la montaña los supervivientes enloquecían de alegría. Bailaron, saltaron ,  se abrazaron. olvidando sus largos padecimientos. Sobre toscos altares de piedra cubiertos    todavía   por el musgo depositado por la prolongada inmersión, los sacerdotes hicieron sacrificios de animales y aves y. luego, quemaron incienso de copal. Al remontarse el humo en aquella tarde triste fue visto también por otros grupos humanos, que habían buscado su salvación en alejadas montañas, los cuales exclamaron alborozados:


                                   

                                                                                                                                                                                                                                                      


El fuego ha vuelto' ,Ved allí como arde ,los que todavía tengan fuerzas para caminar, que vayan hasta aquellas montañas a pedir el fuego a los dichosos que ya lo tienen “delgados y macilentos, realizando un gran esfuerzo para consonar la vida. los míseros sobrevivientes marcharon sobre la tierra enfangada rumbo a la cumbre lejana, en la que brillaba el Fuego Nuevo. Cuando por fin alcanzaron la elevada meseta y vieron la crujiente hoguera elevándose triunfal, se acercaron a las llamas para calentar sus cuerpos duramente entumecidos.

Dadnos el fuego, hermanos —imploraron.—Acercad vuestros leños y llevadlos convertidos en braseros contestaron los afortunados que habían hecho brotar el fuego de nuevo. De todos los rumbos habían llegado hombres a pedir el fuego unos tras otros arrimaban un leño a las llamas, lo encendían y partían tremolándolo al viento rumbo a sus lejanos destinos El fuego iluminó de nuevo las cocinas mayas y. como brotando de innumerables incensarios litúrgico ,de los fogones ardientes y enrojecidos se elevó otra vez el humo anunciador del resurgimiento de las condiciones que hacen posible el mantenimiento de la vida humana. Imaginemos por un momento las dramáticas demostraciones de alegría con que fueron recibidos los emisarios que retornaban a sus lugares trayendo el fuego sagrado. En medio de la tremenda desolación del caos reinante, aquel fuego providencial tuvo el significado del renacimiento de la vida Desde aquel histórico episodio, generación tras generación, por siglos y milenios los pueblos mayas permanecieron fieles a la celebración de la evocadora tradición de Encender el fuego Nuevo. Durante el periodo de la conquista, los españoles suprimieron estos ritos en muchos sitios, al calificarlos de festividad pagana, pero allá. En aquellos rincones donde no llegaba la vigilancia del inquisidor.
Los mayas siguieron conmemorando el antiguo acontecimiento con un ceremonial lleno del místico dramatismo y de alegóricas reminiscencias.
                                                                                                             
En los pueblos de abolengo maya, el Fuego Nuevo se encendía al finalizar el mes de cinco días del Haab, llamado



El Uayeb, dedicado al tiempo aciago, en el que no se trabajaba y

se ayunaba, manteniendo las cocinas apagadas, para volver a

encenderlas en el Gran Día con la liturgia sacramental. Entonces

tenía lugar un espectáculo extraordinario.

Todos velaban la víspera del Nuevo Sol. Los sacerdotes

mayas vestían sus ornamentos resplandecientes de ceremonia»,

en los que se había dibujado el símbolo Yax Km (Sol Nuevo). Al

amanecer, en el momento que se veían los primeros tintes rosa-

dos de la aurora, hacían sonar alegremente los cascabeles de
cobre que eran objeto del culto solar. Redoblaban los Tunkules.
sonaban los roncos caracoles y los pitos de barro, que por milla-
res soplaban los asistentes.

Las novicias vírgenes, ungidas con «agua sin pecar», con la

cabeza adornada con girasoles y tréboles, se aproximaban con

humeantes braseros a un enorme montón de leña levantado en la

explanada principal. Ah Kilel encendía una antorcha en el brase-

ro y prendía fuego a la leña con ella. Los presentes, por turno
hacían arder su respectiva rama de leña en la hoguera y, luego,
regresaban a sus hogares para encender la lumbre casera, que
durante aquellos cinco días había permanecido apagada. A  las
cinco de la tarde, el fuego que se había encendido en Copan lle-
gaba a muchos kilómetros de distancia, llevado por los emisarios
veloces que tenían el rango de portadores del fuego sagrado.

En estos ritos se descubren las evocaciones al diluvio y a te

recuperación de la Luz y el Fuego. Los cinco días de abstinencia

del Uayeb, que corno se sabe significa dias aciagos. simbolizan

el periodo de la prolongada espera en la oscura etapa diluvial.

durante la cual los primeros mayas padecieron hambre y frió. La
salida del Sol al amanecer del Sexto Oía ofrecía el significado
alegórico de aquel lejano acontecimiento cuando el Sol se mostró
otra vez

En muchos lugares del Yucatán perdura esta trágica leyenda.

que se llama el Día de Lempira y se celebra el 20 de julio. Se

reproduce la Ceremonia del Fuego Nuevo, lo que supone un bello

espectáculo por la solemnidad y colorido de las ceremonias, que

son el mejor  testimonio de pasadas grandezas.







                                                                                                                                           
 El Uayeb, dedicado al tiempo aciEl Uayeb, dedicado al tiempo aciago, en el que no se trabajaba y se  ayunaba, manteniendo las cocinas apagadas, para volver a

encenderlas en el Gran Día con la liturgia sacramental. Entonces

tenía lugar un espectáculo extraordinario.

Todos velaban la víspera del Nuevo Sol. Los sacerdotes

mayas vestían sus ornamentos resplandecientes de ceremonia»,

en los que se había dibujado el símbolo Yax Km (Sol Nuevo). Al

amanecer, en el momento que se veían los primeros tintes rosa-
dos de la aurora, hacían sonar alegremente los cascabeles de
cobre que eran objeto del culto solar. Redoblaban los Tunkules.
sonaban los roncos caracoles y los pitos de barro, que por milla-
res soplaban los asistentes.

Las novicias vírgenes, ungidas con «agua sin pecar», con la

cabeza adornada con girasoles y tréboles, se aproximaban con

humeantes braseros a un enorme montón de leña levantado en la

explanada principal. Ah Kilel encendía una antorcha en el brase-
ro y prendía fuego a la leña con ella. Los presentes, por turno
hacían arder su respectiva rama de leña en la hoguera y, luego,
regresaban a sus hogares para encender la lumbre casera, que
durante aquellos cinco días había permanecido apagada. A  las
cinco de la tarde, el fuego que se había encendido en Copan lle-
gaba a muchos kilómetros de distancia, llevado por los emisarios
veloces que tenían el rango de portadores del fuego sagrado.











En estos ritos se descubren las evocaciones al diluvio y a la recuperación de la Luz y el Fuego. Los cinco días de abstinencia del Uayeb, que corno se sabe significa días aciagos. simbolizan el periodo de la prolongada espera en la oscura etapa diluvial.durante la cual los primeros mayas padecieron hambre y frió. La salida del Sol al amanecer del Sexto Oía ofrecía el significado alegórico de aquel lejano acontecimiento cuando el Sol se mostró otra vez En muchos lugares del Yucatán perdura esta trágica leyenda. que se llama el Día de Lempira y se celebra el 20 de julio. Se reproduce la Ceremonia del Fuego Nuevo, lo que supone un bello espectáculo por la solemnidad y colorido de las ceremonias, que son el mejor  testimonio de pasadas grandezas.


martes, 24 de noviembre de 2015

RELATO SOBRE LOS MAYAS I



UN RELATO SOBRE LOS MAYAS

Los toltecas dejaron Tollan en el 987 d.C. bajo el liderazgo de Topiltzin-Quetzalcóatl, molestos con las abominaciones religiosas y buscando un lugar donde poder dar culto como en los días de antaño. Así fue como llegaron a Yucatán. Seguramente, podrían haber encontrado un lugar más cercano, haciendo así su viaje menos arduo, teniendo que pasar por menos territorios de tribus hostiles. Sin embargo, decidieron llevar a cabo una larga caminata de más de mil quinientos kilómetros hasta una tierra diferente en todos los aspectos ,de la suya propia. No se detuvieron hasta llegar a Chichén Itzá. ¿Por qué? ¿Cuál era el imperativo para llegar a la ciudad sagrada que los mayas ya habían abandonado? Tan sólo podemos buscar una respuesta en sus ruinas.

De fácil acceso desde Mérida, la capital administrativa de Yucatán, se ha comparado a Chichén Itzá con la italiana Pompeya, en donde, después de quitar las cenizas volcánicas bajo las cuales yacía enterrada, salió a la luz una ciudad romana, con sus calles, sus casas y sus murales, con sus pintadas callejeras y todo. Aquí, lo que había que quitar era la cubierta selvática, recompensando al visitante con un doble regalo: una visita a una ciudad maya del «Imperio Antiguo», y una imagen especular de Tollan, tal como sus emigrantes la habían visto por última vez; pues cuando los toltecas llegaron, reconstruyeron y construyeron Chichén Itzá a imagen de su antigua capital.

Los arqueólogos creen que en este lugar hubo una importante población incluso en el primer milenio a.C. Las Crónicas de Chilam Balam dan fe de que hacia el 450 d.C, Chichén Itzá era la principal ciudad sagrada de Yucatán. Entonces, se le llamaba Chichén, «la boca del pozo», pues su rasgo más sagrado era un cenote o pozo sagrado al cual llegaban peregrinos de todas partes. La mayor parte de los restos visibles de aquella era de dominación maya están situados en la parte sur, lo que han dado en llamar el «Viejo Chichen». Es aquí donde están ubicados la mayor parte de los edificios descritos y dibujados por Stephens y Catherwood, y llevan nombres tan románticos como Akab-Dzib («lugar de la escritura oculta»), El Templo de las Monjas, el Templo de los Umbrales, etc.

Los últimos en ocupar (o, más bien, reocupar) Chichen Itzá antes de la llegada de los toltecas fueron los itzaes, tribu que algunos consideran parientes de los toltecas y otros ven como emigrantes del sur. Fueron ellos los que le dieron al lugar su actual nombre, que significa «La boca del pozo de los itzaes», y construyeron su propio centro ceremonial al norte de las ruinas mayas; los edificios más famosos del lugar, la gran pirámide central («el Castillo») y el observatorio (el Caracol) los construyeron ellos -luego se apoderarían de éstos los toltecas, que los reconstruirían cuando recrearon Tollan en Chichén Itzá. El descubrimiento fortuito de una entrada permite al visitante de hoy pasar por el espacio que queda entre la pirámide de los itzaes y la de los toltecas, que cubre a la anterior, y ascender por la antigua escalinata hasta el santuario itzá, en donde los toltecas instalaron una imagen de Chacmool y de un jaguar. Desde el exterior, sólo se puede ver la estructura tolteca, una pirámide que se eleva en nueve niveles hasta una altura de unos 56 metros. Consagrada al dios de la Serpiente Emplumada, Quetzalcóatl-Kukulcán, no sólo se le venera con ornamentos de serpientes emplumadas, sino también incorporando en la estructura diversos aspectos calendáricos, como la construcción en cada uno de los cuatro lados de la pirámide de una escalinata con 91 peldaños que, junto con el último «peldaño» o plataforma superior suman los días del año solar (91 x 4 + 1 = 365).

Otra estructura, llamada el Templo de los Guerreros, duplica literalmente la pirámide de los Atlantes de Tula, tanto por su ubicación y orientación como por su escalinata, las serpientes emplumadas de piedra que la flanquean, su decoración y sus esculturas.


Al igual que en Tula (Tollan), frente a esta pirámide-templo, al otro lado de la gran plaza, está el principal juego de pelota. Es una inmensa cancha rectangular de casi 190 metros de larga -la más grande de América Central. Altos muros se elevan a lo largo de sus costados, y en el centro de cada uno de ellos, a algo más de diez metros del suelo, sobresale un anillo de piedra decorado con tallas de serpientes entrelazadas. Para vencer en el juego, los jugadores tenían que lanzar una pelota maciza de caucho a través de los anillos. Cada equipo lo componían siete jugadores; el equipo que perdía pagaba un alto precio: su líder era decapitado. Unos paneles de piedra, decorados con bajorrelieves que representaban escenas del juego, se instalaban en toda la longitud de estas largas paredes. El panel central de la pared oriental muestra todavía al líder del equipo ganador (a la izquierda) sosteniendo la cabeza cortada del líder del equipo perdedor.

Tan severo fin sugiere que en este juego de pelota había algo más que juego y entretenimiento. En Chichén Itzá, como en Tula, había varias canchas para el juego de pelota, quizá para entrenarse o para juegos menos importantes. La cancha principal era única por su tamaño y esplendor, y la importancia de lo que pudo acaecer en ella viene subrayado por el hecho de que estuviera acompañada por tres templos ricamente decorados con escenas de guerreros, de enfrentamientos mitológicos, el Árbol de la Vida y una deidad alada y con barba provista de dos cuernos .

Todo esto, junto con la diversidad y la vestimenta de los jugadores, nos habla de un acontecimiento ínter tribal, si no internacional, de gran importancia política y religiosa. El número de los jugadores (siete), la decapitación del líder del equipo perdedor y el uso de una pelota de caucho parecen remedar un relato mitológico del Popol Vuh en el que se da un combate entre dioses que adopta la forma de una competición con una pelota de caucho. En ésta, se enfrentaban el dios Siete-Macaw y sus dos hijos contra varios dioses celestes, incluidos el Sol, la Luna y Venus. El hijo Siete, derrotado, fue decapitado: «Se le separó la cabeza del cuerpo y cayó rodando, se le sacó el corazón del pecho. Pero, siendo un dios, se le resucitó y se convirtió en un estrella.

Esta representación de acontecimientos divinos convertiría esta costumbre tolteca en algo parecido a las representaciones religiosas del antiguo Oriente Próximo. En Egipto, la desmembración y la resurrección de Osiris se representaba anualmente en una obra de misterios en la cual los actores, entre los que estaba el faraón, hacían los papeles de diversos dioses; y en Asiría, en una compleja representación que también se llevaba a cabo todos los años, se ponía en escena una batalla entre dos dioses en la cual el perdedor era ejecutado, para ser perdonado y resucitado más tarde por el dios del Cielo. En Babilonia, se leía todos los años el Enuma-elish, la epopeya que describía la creación del Sistema Solar, como parte de las celebraciones de Año Nuevo; en ésta, se representaba la colisión celeste que llevó a la creación de la Tierra (el Séptimo Planeta) como la muerte y decapitación de la monstruosa Tiamat a manos del supremo dios babilónico Marduk.

El mito maya y su representación, haciéndose eco de los «mitos» de Oriente Próximo y sus representaciones, parecen haber conservado los elementos celestiales del relato y el simbolismo del número siete, en su relación con el planeta Tierra. Es significativo que en las imágenes mayas y toltecas que hay a lo largo de las paredes del juego de pelota, algunos jugadores lleven como emblema un disco solar, mientras que otros llevan el de la estrella de siete puntas  Es éste un símbolo celeste y no un emblema casual, confirmado, según nuestra opinión, por el hecho de que por todas partes en Chichén Itzá se puede ver la imagen de una estrella de cuatro puntas en combinación con el símbolo del «ocho» para el planeta Venus, y que en otros lugares del noroeste de Yucatán, las paredes de los templos se decoraban con símbolos de estrellas de seis puntas .

El representar a los planetas como estrellas con diferente número de puntas es tan común que solemos olvidar cómo surgió esta costumbre: como otras tantas cosas, tuvo su origen en Sumeria.

Basándose en lo que habían aprendido de los nefilim, los sumerios no contaban los planetas tal como lo hacemos nosotros, desde el Sol hacia fuera, sino desde el exterior hacia el centro. Así, Plutón era el primer planeta, Neptuno era el segundo, Urano el tercero, Saturno el cuarto, Júpiter el quinto. Marte, así pues, era el sexto, la Tierra el séptimo y Venus el octavo.

La explicación de los expertos de por qué tanto los mayas como los toltecas consideraban a Venus el octavo es porque lleva ocho años terrestres (8 x 365 = 2.920 días) repetir un alineamiento sinódico con Venus por sólo cinco órbitas de Venus (5 x 584 = 2.920 días). Pero, si esto es así, Venus debería ser el «Cinco» y la Tierra el «Ocho».

El método sumerio nos parece mucho más elegante y preciso, y sugiere que las representaciones mayas/toltecas seguían la iconografía de Oriente Próximo; pues, como se puede ver, los símbolos encontrados en Chichén Itzá y en otros muchos lugares de Yucatán son casi idénticos a aquellos mediante los que se representaba a los distintos planetas en Mesopotamia .

De hecho, el empleo de símbolos de estrellas con puntas a la manera de Oriente Próximo se hace más insistente a medida que uno se mueve hacia el noroeste de Yucatán y su costa. Allí, en un lugar llamado Tzekelna, se encontró una notabilísima escultura, que se exhibe en la actualidad en el museo de Mérida. Esculpida a partir de un gran bloque de piedra, al cual la estatua aún está unida por su parte trasera, representa a un hombre de marcados rasgos faciales, posiblemente tocado con un casco. Tiene el cuerpo cubierto con un traje ceñido, con escamas o costillas. Bajo el brazo doblado, sostiene un objeto que el museo identifica como «la forma geométrica de una estrella de cinco puntas. Sobre el vientre, sujeto con correas, lleva un extraño dispositivo circular; los expertos creen que, por algún motivo, identificaba a los que lo portaban como dioses de las aguas.

En un lugar cercano llamado Oxkintok, se encontraron grandes esculturas de deidades que formaban parte de enormes bloques de piedra. Los arqueólogos suponen que habrían servido como columnas de apoyo estructurales en los templos. Una de ellas (Fig. 44) parece la homologa femenina del dios arriba descrito. Su escamado atuendo aparece también en varias estatuas y estatuillas de Jaina, una isla que se extiende cerca de la costa de esta parte noroccidental de Yucatán, en la cual se levantó un templo de lo más inusual. La isla habría servido como necrópolis sagrada porque, según las leyendas, era el lugar del último descanso de Itzamna, el dios de los itzaes -un gran dios de antaño que habría llegado sobre las aguas para desembarcar allí, y cuyo nombre significaba «aquel cuyo hogar es el agua».

Los textos, las leyendas y las creencias religiosas se combinan, de este modo, para señalar la costa del golfo de Yucatán como el lugar en donde un ser divino o deificado habría desembarcado para crear poblaciones y una civilización en aquellas tierras. Esta potente combinación, estos recuerdos colectivos, debieron de ser el motivo que impulsó a los toltecas a emprender el camino hasta este rincón de Yucatán, y concretamente hasta Chichén Itzá, cuando emigraron en busca de una reactivación y una purificación de sus creencias originales; un regreso al lugar en donde todo había comenzado, y en donde tendría que desembarcar de nuevo aquel dios que había dicho que volvería desde el otro lado del mar.

El punto focal del culto de Itzamna y de Quetzalcóatl, y quizá también de los recuerdos de Votan, era el cenote sagrado de Chichén Itzá -el enorme pozo que le había dado su nombre a Chichén Itzá.

Situado directamente al norte de la pirámide principal y conectado con la plaza ceremonial por medio de una larga avenida procesional, el pozo tiene en la actualidad algo más de 20 metros de profundidad entre la superficie y el nivel del agua, con otros treinta metros más o menos de agua y cieno más abajo. La boca del cenote, de forma oval, mide alrededor de 87 metros de larga y 52 de ancha. Existen evidencias de que el pozo se agrandó artificialmente y de que, en otro tiempo, hubo una escalinata que llevaba hacia abajo.

Aún se pueden ver los restos de una plataforma y un santuario en la boca del pozo; allí, según escribe el obispo Landa, se llevaban a cabo ritos para honrar al dios del agua y las lluvias, se arrojaba a doncellas en sacrificio y los fieles que se apiñaban alrededor echaban ofrendas preciosas, preferiblemente de oro.

En 1885, Edward H. Thompson, que se había ganado una gran reputación por ser el autor del tratado titulado Atlantis Not a Myth, consiguió que se le asignara un consulado de los Estados Unidos en México. No pasó mucho tiempo antes de que comprara, por 75 dólares, más de 250 kilómetros cuadrados de selva, en donde se encontraban las ruinas de Chichén Itzá. Haciendo de aquellas ruinas su hogar, Thompson organizó para el Museo Peabody de la Universidad de Harvard una serie de inmersiones sistemáticas en el pozo con el objetivo de recuperar sus sagradas ofrendas.

Sólo se encontraron alrededor de cuarenta esqueletos humanos; pero los buzos sacaron miles de ricos objetos artísticos. Más de 3.400 estaban hechos de jade, una piedra semipreciosa que era la más apreciada por mayas y aztecas. Entre los objetos había cuentas, varillas nasales, tapones para los oído, botones, anillos, pendientes, globos, discos, efigies, figurines... Más de 500 objetos llevaban grabados en los que se representaba tanto a animales como a personas. Entre estos últimos, algunos llevaban una visible barba , con un aspecto muy parecido al de las paredes del templo del juego de pelota .

Aún más significativos eran los objetos de metal que sacaron los buzos. Centenares de ellos estaban hechos de oro, y algunos de plata y de cobre -descubrimientos muy llamativos, dada la escasez de metales en la península. Algunos de los objetos estaban hechos de cobre dorado o de aleaciones de cobre, incluido el bronce, lo que indica una sofisticación metalúrgica desconocida en tierras mayas, y evidencia que los objetos se habían traído desde tierras distantes.

Pero lo más desconcertante de todo fue el descubrimiento de discos de estaño puro, un metal que no se encuentra en su estado nativo y que sólo se puede conseguir a través de un complejo refinado de minerales -minerales que están completamente ausentes en América Central.

Entre los objetos de metal, exquisitamente trabajados, había numerosas campanas así como objetos rituales (copas, lavamanos), anillos, tiaras, máscaras; ornamentos y joyas; cetros; objetos de propósito desconocido; y, lo más importante de todo, discos grabados o estampados con escenas de enfrentamientos. En éstas, personas con diferentes atuendos y de rasgos diferentes se enfrentaban entre sí, quizás en combate, en presencia de serpientes terrestres o celestes, o de dioses celestes. El dominante o héroe victorioso se representaba siempre con barba .

Es evidente que éstos no eran dioses, pues a los dioses celestes o serpiente se les mostraba por separado. Su aspecto, diferente del dios celeste alado y con barba , aparece en relieves grabados en paredes y columnas de Chichén Itzá junto con otros héroes y guerreros, como éste, con su larga y fina barba ,