UN RELATO SOBRE LOS MAYAS
Los toltecas dejaron Tollan en el 987 d.C. bajo el liderazgo
de Topiltzin-Quetzalcóatl, molestos con las abominaciones religiosas y buscando
un lugar donde poder dar culto como en los días de antaño. Así fue como
llegaron a Yucatán. Seguramente, podrían haber encontrado un lugar más cercano,
haciendo así su viaje menos arduo, teniendo que pasar por menos territorios de
tribus hostiles. Sin embargo, decidieron llevar a cabo una larga caminata de
más de mil quinientos kilómetros hasta una tierra diferente en todos los
aspectos ,de la suya propia. No se detuvieron hasta llegar a Chichén Itzá. ¿Por
qué? ¿Cuál era el imperativo para llegar a la ciudad sagrada que los mayas ya
habían abandonado? Tan sólo podemos buscar una respuesta en sus ruinas.
De fácil acceso desde Mérida, la capital administrativa de
Yucatán, se ha comparado a Chichén Itzá con la italiana Pompeya, en donde,
después de quitar las cenizas volcánicas bajo las cuales yacía enterrada, salió
a la luz una ciudad romana, con sus calles, sus casas y sus murales, con sus
pintadas callejeras y todo. Aquí, lo que había que quitar era la cubierta
selvática, recompensando al visitante con un doble regalo: una visita a una
ciudad maya del «Imperio Antiguo», y una imagen especular de Tollan, tal como
sus emigrantes la habían visto por última vez; pues cuando los toltecas
llegaron, reconstruyeron y construyeron Chichén Itzá a imagen de su antigua
capital.
Los arqueólogos creen que en este lugar hubo una importante
población incluso en el primer milenio a.C. Las Crónicas de Chilam Balam dan fe
de que hacia el 450 d.C, Chichén Itzá era la principal ciudad sagrada de
Yucatán. Entonces, se le llamaba Chichén, «la boca del pozo», pues su rasgo más
sagrado era un cenote o pozo sagrado al cual llegaban peregrinos de todas
partes. La mayor parte de los restos visibles de aquella era de dominación maya
están situados en la parte sur, lo que han dado en llamar el «Viejo Chichen».
Es aquí donde están ubicados la mayor parte de los edificios descritos y
dibujados por Stephens y Catherwood, y llevan nombres tan románticos como
Akab-Dzib («lugar de la escritura oculta»), El Templo de las Monjas, el Templo
de los Umbrales, etc.
Los últimos en ocupar (o, más bien, reocupar) Chichen Itzá
antes de la llegada de los toltecas fueron los itzaes, tribu que algunos
consideran parientes de los toltecas y otros ven como emigrantes del sur.
Fueron ellos los que le dieron al lugar su actual nombre, que significa «La
boca del pozo de los itzaes», y construyeron su propio centro ceremonial al norte
de las ruinas mayas; los edificios más famosos del lugar, la gran pirámide
central («el Castillo») y el observatorio (el Caracol) los construyeron ellos
-luego se apoderarían de éstos los toltecas, que los reconstruirían cuando
recrearon Tollan en Chichén Itzá. El descubrimiento fortuito de una entrada
permite al visitante de hoy pasar por el espacio que queda entre la pirámide de
los itzaes y la de los toltecas, que cubre a la anterior, y ascender por la
antigua escalinata hasta el santuario itzá, en donde los toltecas instalaron
una imagen de Chacmool y de un jaguar. Desde el exterior, sólo se puede ver la
estructura tolteca, una pirámide que se eleva en nueve niveles hasta una altura
de unos 56 metros. Consagrada al dios de la Serpiente Emplumada, Quetzalcóatl-Kukulcán,
no sólo se le venera con ornamentos de serpientes emplumadas, sino también
incorporando en la estructura diversos aspectos calendáricos, como la
construcción en cada uno de los cuatro lados de la pirámide de una escalinata
con 91 peldaños que, junto con el último «peldaño» o plataforma superior suman
los días del año solar (91 x 4 + 1 = 365).
Otra estructura, llamada el Templo de los Guerreros, duplica
literalmente la pirámide de los Atlantes de Tula, tanto por su ubicación y
orientación como por su escalinata, las serpientes emplumadas de piedra que la
flanquean, su decoración y sus esculturas.
Al igual que en Tula (Tollan), frente a esta pirámide-templo, al otro lado de la gran plaza, está el principal juego de pelota. Es una inmensa cancha rectangular de casi 190 metros de larga -la más grande de América Central. Altos muros se elevan a lo largo de sus costados, y en el centro de cada uno de ellos, a algo más de diez metros del suelo, sobresale un anillo de piedra decorado con tallas de serpientes entrelazadas. Para vencer en el juego, los jugadores tenían que lanzar una pelota maciza de caucho a través de los anillos. Cada equipo lo componían siete jugadores; el equipo que perdía pagaba un alto precio: su líder era decapitado. Unos paneles de piedra, decorados con bajorrelieves que representaban escenas del juego, se instalaban en toda la longitud de estas largas paredes. El panel central de la pared oriental muestra todavía al líder del equipo ganador (a la izquierda) sosteniendo la cabeza cortada del líder del equipo perdedor.
Tan severo fin sugiere que en este juego de pelota había
algo más que juego y entretenimiento. En Chichén Itzá, como en Tula, había
varias canchas para el juego de pelota, quizá para entrenarse o para juegos menos
importantes. La cancha principal era única por su tamaño y esplendor, y la
importancia de lo que pudo acaecer en ella viene subrayado por el hecho de que
estuviera acompañada por tres templos ricamente decorados con escenas de
guerreros, de enfrentamientos mitológicos, el Árbol de la Vida y una deidad
alada y con barba provista de dos cuernos .
Todo esto, junto con la diversidad y la vestimenta de los
jugadores, nos habla de un acontecimiento ínter tribal, si no internacional, de
gran importancia política y religiosa. El número de los jugadores (siete), la
decapitación del líder del equipo perdedor y el uso de una pelota de caucho
parecen remedar un relato mitológico del Popol Vuh en el que se da un combate
entre dioses que adopta la forma de una competición con una pelota de caucho.
En ésta, se enfrentaban el dios Siete-Macaw y sus dos hijos contra varios
dioses celestes, incluidos el Sol, la Luna y Venus. El hijo Siete, derrotado,
fue decapitado: «Se le separó la cabeza del cuerpo y cayó rodando, se le sacó
el corazón del pecho. Pero, siendo un dios, se le resucitó y se convirtió en un
estrella.
Esta representación de acontecimientos divinos convertiría
esta costumbre tolteca en algo parecido a las representaciones religiosas del
antiguo Oriente Próximo. En Egipto, la desmembración y la resurrección de
Osiris se representaba anualmente en una obra de misterios en la cual los
actores, entre los que estaba el faraón, hacían los papeles de diversos dioses;
y en Asiría, en una compleja representación que también se llevaba a cabo todos
los años, se ponía en escena una batalla entre dos dioses en la cual el
perdedor era ejecutado, para ser perdonado y resucitado más tarde por el dios
del Cielo. En Babilonia, se leía todos los años el Enuma-elish, la epopeya que
describía la creación del Sistema Solar, como parte de las celebraciones de Año
Nuevo; en ésta, se representaba la colisión celeste que llevó a la creación de la
Tierra (el Séptimo Planeta) como la muerte y decapitación de la monstruosa
Tiamat a manos del supremo dios babilónico Marduk.
El mito maya y su representación, haciéndose eco de los
«mitos» de Oriente Próximo y sus representaciones, parecen haber conservado los
elementos celestiales del relato y el simbolismo del número siete, en su
relación con el planeta Tierra. Es significativo que en las imágenes mayas y
toltecas que hay a lo largo de las paredes del juego de pelota, algunos
jugadores lleven como emblema un disco solar, mientras que otros llevan el de
la estrella de siete puntas Es éste un símbolo celeste y no un emblema
casual, confirmado, según nuestra opinión, por el hecho de que por todas partes
en Chichén Itzá se puede ver la imagen de una estrella de cuatro puntas en
combinación con el símbolo del «ocho» para el planeta Venus, y que en otros
lugares del noroeste de Yucatán, las paredes de los templos se decoraban con
símbolos de estrellas de seis puntas .
El representar a los planetas como estrellas con diferente
número de puntas es tan común que solemos olvidar cómo surgió esta costumbre:
como otras tantas cosas, tuvo su origen en Sumeria.
Basándose en lo que habían aprendido de los nefilim, los
sumerios no contaban los planetas tal como lo hacemos nosotros, desde el Sol
hacia fuera, sino desde el exterior hacia el centro. Así, Plutón era el primer
planeta, Neptuno era el segundo, Urano el tercero, Saturno el cuarto, Júpiter
el quinto. Marte, así pues, era el sexto, la Tierra el séptimo y Venus el
octavo.
La explicación de los expertos de por qué tanto los mayas
como los toltecas consideraban a Venus el octavo es porque lleva ocho años
terrestres (8 x 365 = 2.920 días) repetir un alineamiento sinódico con Venus
por sólo cinco órbitas de Venus (5 x 584 = 2.920 días). Pero, si esto es así,
Venus debería ser el «Cinco» y la Tierra el «Ocho».
El método sumerio nos parece mucho más elegante y preciso, y
sugiere que las representaciones mayas/toltecas seguían la iconografía de
Oriente Próximo; pues, como se puede ver, los símbolos encontrados en Chichén
Itzá y en otros muchos lugares de Yucatán son casi idénticos a aquellos
mediante los que se representaba a los distintos planetas en Mesopotamia .
De hecho, el empleo de símbolos de estrellas con puntas a la
manera de Oriente Próximo se hace más insistente a medida que uno se mueve
hacia el noroeste de Yucatán y su costa. Allí, en un lugar llamado Tzekelna, se
encontró una notabilísima escultura, que se exhibe en la actualidad en el museo
de Mérida. Esculpida a partir de un gran bloque de piedra, al cual la estatua
aún está unida por su parte trasera, representa a un hombre de marcados rasgos
faciales, posiblemente tocado con un casco. Tiene el cuerpo cubierto con un
traje ceñido, con escamas o costillas. Bajo el brazo doblado, sostiene un
objeto que el museo identifica como «la forma geométrica de una estrella de
cinco puntas. Sobre el vientre, sujeto con correas, lleva un extraño
dispositivo circular; los expertos creen que, por algún motivo, identificaba a
los que lo portaban como dioses de las aguas.
En un lugar cercano llamado Oxkintok, se encontraron grandes
esculturas de deidades que formaban parte de enormes bloques de piedra. Los
arqueólogos suponen que habrían servido como columnas de apoyo estructurales en
los templos. Una de ellas (Fig. 44) parece la homologa femenina del dios arriba
descrito. Su escamado atuendo aparece también en varias estatuas y estatuillas
de Jaina, una isla que se extiende cerca de la costa de esta parte
noroccidental de Yucatán, en la cual se levantó un templo de lo más inusual. La
isla habría servido como necrópolis sagrada porque, según las leyendas, era el
lugar del último descanso de Itzamna, el dios de los itzaes -un gran dios de
antaño que habría llegado sobre las aguas para desembarcar allí, y cuyo nombre
significaba «aquel cuyo hogar es el agua».
Los textos, las leyendas y las creencias religiosas se
combinan, de este modo, para señalar la costa del golfo de Yucatán como el
lugar en donde un ser divino o deificado habría desembarcado para crear
poblaciones y una civilización en aquellas tierras. Esta potente combinación,
estos recuerdos colectivos, debieron de ser el motivo que impulsó a los
toltecas a emprender el camino hasta este rincón de Yucatán, y concretamente
hasta Chichén Itzá, cuando emigraron en busca de una reactivación y una
purificación de sus creencias originales; un regreso al lugar en donde todo
había comenzado, y en donde tendría que desembarcar de nuevo aquel dios que
había dicho que volvería desde el otro lado del mar.
El punto focal del culto de Itzamna y de Quetzalcóatl, y
quizá también de los recuerdos de Votan, era el cenote sagrado de Chichén Itzá
-el enorme pozo que le había dado su nombre a Chichén Itzá.
Situado directamente al norte de la pirámide principal y
conectado con la plaza ceremonial por medio de una larga avenida procesional, el
pozo tiene en la actualidad algo más de 20 metros de profundidad entre la
superficie y el nivel del agua, con otros treinta metros más o menos de agua y
cieno más abajo. La boca del cenote, de forma oval, mide alrededor de 87 metros
de larga y 52 de ancha. Existen evidencias de que el pozo se agrandó
artificialmente y de que, en otro tiempo, hubo una escalinata que llevaba hacia
abajo.
Aún se pueden ver los restos de una plataforma y un
santuario en la boca del pozo; allí, según escribe el obispo Landa, se llevaban
a cabo ritos para honrar al dios del agua y las lluvias, se arrojaba a
doncellas en sacrificio y los fieles que se apiñaban alrededor echaban ofrendas
preciosas, preferiblemente de oro.
En 1885, Edward H. Thompson, que se había ganado una gran reputación
por ser el autor del tratado titulado Atlantis Not a Myth, consiguió que se le
asignara un consulado de los Estados Unidos en México. No pasó mucho tiempo
antes de que comprara, por 75 dólares, más de 250 kilómetros cuadrados de
selva, en donde se encontraban las ruinas de Chichén Itzá. Haciendo de aquellas
ruinas su hogar, Thompson organizó para el Museo Peabody de la Universidad de
Harvard una serie de inmersiones sistemáticas en el pozo con el objetivo de
recuperar sus sagradas ofrendas.
Sólo se encontraron alrededor de cuarenta esqueletos
humanos; pero los buzos sacaron miles de ricos objetos artísticos. Más de 3.400
estaban hechos de jade, una piedra semipreciosa que era la más apreciada por
mayas y aztecas. Entre los objetos había cuentas, varillas nasales, tapones
para los oído, botones, anillos, pendientes, globos, discos, efigies,
figurines... Más de 500 objetos llevaban grabados en los que se representaba
tanto a animales como a personas. Entre estos últimos, algunos llevaban una
visible barba , con un aspecto muy parecido al de las paredes del templo del
juego de pelota .
Aún más significativos eran los objetos de metal que sacaron
los buzos. Centenares de ellos estaban hechos de oro, y algunos de plata y de
cobre -descubrimientos muy llamativos, dada la escasez de metales en la
península. Algunos de los objetos estaban hechos de cobre dorado o de
aleaciones de cobre, incluido el bronce, lo que indica una sofisticación
metalúrgica desconocida en tierras mayas, y evidencia que los objetos se habían
traído desde tierras distantes.
Pero lo más desconcertante de todo fue el descubrimiento de
discos de estaño puro, un metal que no se encuentra en su estado nativo y que
sólo se puede conseguir a través de un complejo refinado de minerales -minerales
que están completamente ausentes en América Central.
Entre los objetos de metal, exquisitamente trabajados, había
numerosas campanas así como objetos rituales (copas, lavamanos), anillos,
tiaras, máscaras; ornamentos y joyas; cetros; objetos de propósito desconocido;
y, lo más importante de todo, discos grabados o estampados con escenas de
enfrentamientos. En éstas, personas con diferentes atuendos y de rasgos
diferentes se enfrentaban entre sí, quizás en combate, en presencia de
serpientes terrestres o celestes, o de dioses celestes. El dominante o héroe
victorioso se representaba siempre con barba .
Es evidente que éstos no eran dioses, pues a los dioses
celestes o serpiente se les mostraba por separado. Su aspecto, diferente del
dios celeste alado y con barba , aparece en relieves grabados en paredes y
columnas de Chichén Itzá junto con otros héroes y guerreros, como éste, con su
larga y fina barba ,
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